Con la fuerza de las mujeres cuidadoras

Creación colectiva de una obra de teatro con las mujeres de la Fundación Triunfemos

« Queremos contar nuestras vidas. Que la gente sepa qué es lo que vivimos todos los días, nosotras, las madres de hijos e hijas en condición de discapacidad. Queremos que paren de mirar a nuestros hijos con miedo, o indiferencia; y a nosotras como culpables. Queremos que nos escuchen. »

Voz firme, ojos brillantes, corazón abierto, Carmen habla con calma y determinación. Es una mujer luminosa, una linda mezcla de fuerza y ternura. Su hijo Juan José voltea a su alrededor, haciendo sonar sus palmas y repitiendo la frase favorita de su mamá: « Vamos muchachos ».

Hace 14 años que, acudiendo al llamado de Carmen, unas 50 madres cuidadoras crearon la Fundación Triunfemos. « Para salir de la casa. Darnos cuenta de que no estamos solas. Para informarnos. Para reclamar nuestros derechos. » Y es a punta de rifas, bingos y venta de pollos asados que la fundación se levantó; y es trabajándole en mingas y haciéndole vaca al almuerzo que se sostiene hasta hoy en día.

Estamos en la Selva, la vereda dónde se está construyendo la sede de la Fundación, ladrillo tras ladrillo, cuando se consigue, cuando hay tiempo, de a poquito… 15 mujeres y algunos algunas de sus hijos e hijas llegaron hoy para seguir con la creación de una obra de teatro que cuente la aventura que es tener a un hijo o una hija con discapacidad en esta sociedad. Una obra que ponga a la luz la labor increíble de estas mujeres, esta tarea de titanes del cuidado. Una obra de teatro que grite la realidad de la exclusión, de la discriminación, de los obstáculos sin fin para acceder a transporte, salud, educación, a un trabajo…

Una obra que ya tiene sus heroínas: amadoras, luchadoras…
y… cansadísimas.

Suspiros, voces quebrantadas, ojos brillantes… El espacio de la sede se llena de emoción. Las historias se comparten con palabras y lágrimas. Las miradas apoyan, las manos se aprietan. « El teatro nos permite sacar todo lo que tenemos guardado. Lo que nos aguantamos. ».

Las historias se repiten. Del papá biológico a la familia cercana, del sistema de salud a la escuela, de los choferes de bus a los tenderos: abandono, indiferencia, desprecio, miedo. Violencia.Y las mujeres, en la soledad de la casa: sosteniendo, cargando, lavando, cocinando, alimentando, sanando, meciendo; amando…

Una historia de patriarcado aumentado.
En la sombra, cuidar. Toda la vida. Sin parar…

« Pero nosotras también nos enfermamos. » repite Carmen con fuerza.

Y entonces, quien cuida a las cuidadoras?
La pregunta resuena sin respuesta.

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«  Sabes que eres mi energía, mi fortaleza. Todo lo que hago por ti, lo hago con amor. Te portas bien. » murmura Milena con los ojos mojados.

Se le dice a un ser de papel. A un títere.
Ahí está, viviendo entre todas.
Es una presencia que acoge las palabras de amor, las preguntas dolorosas, las lágrimas. Un peso de papel que pasa de brazos a espaldas, de miradas en corazones; qué se comparte, se reparte, se consiente. Lo cargan, lo abrazan, lo acuestan, lo sientan, le dan besitos… Y finalmente, de pasito en pasito, va caminando cogido de la mano, tropezándose de vez en cuando, de pronto un poco cojo, forzándonos a la escucha. Le empujamos los piecitos, le damos el impulso, lo dejamos respirar. Es el centro de la atención; los cuerpos se organizan a su paso, en función de él. Es él que nos junta, permite el encuentro, guía nuestras miradas, nuestras manos, nuestros cuidados. Él nos enseña otro tiempo: el presente.

Este ser es Carlos, Julián, Miriam y Jonatan Estiven, es Daisy y Juan José, Migdalia y Dairon, Maritza y Dania, viviendo, andando gracias a de Milena, Carmen, Griselda, Libia, Estela, Flor, Anadeiba, María, Isabel, Mariela.

Una historia de amor y paciencia.

Pero pronto surgen las palabras que chuzan y lastiman.

Chueca
Bruto
Loca
Discapacitado

De la poesía del teatro de títeres, pasamos al teatro de la realidad.

Las madres se visten de médicos: Ese niño es mongólico!
De papás desentendidos: Es su responsabilidad, no la mía!
De rectores de colegio: Tráigame un certificado psiquiátrico que demuestre que su hijo puede estudiar…
De choferes de bus: Lo siento, no hay puesto…
De vecinas chismosas: Qué pecado tuvo que haber hecho esa mujer para tener un hijo así! Qué castigo!

Las madres pronuncian las palabras marcadas en la memoria con el hierro rojo de la humillación. Adoptan estas miradas indiferentes o condescendientes, que tantas veces han recibido, y que siguen doliendo adentro.

Y es actuar para sacar, para vengarse un poco, para sanar, para transformar. Para concientizar.

Y nosotros, impresionados.
Acompañando, escuchando, mirando.
Admirando, sobre todo.

Y el títere acostado se gana un último besito:
« Cada noche, le digo a Juan José: Gracias por este día. Gracias por tenerme paciencia, por acompañarme, por estar a mi lado. Que Dios te guarde y Feliz noche. »

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